HERIBERTO ARIZA

A pesar de su avanzada edad, de sus achaques, de su pobreza, todos sus movimientos y palabras se hallan impregnados de una dignidad, una generosidad y una bondad difíciles de encontrar en el mundo. Sus frases están mediadas por la experiencia y por su arte, y no por las imposiciones de la corrección política, por frases lastimeras o por los graznidos del resentimiento; el poeta, quien hace poco validó la primaria, entiende del valor del otro, del respeto, de la belleza. Nacido en Flandes, Tolima, hace más de setenta años, el maestro Ariza ha tenido una vida repleta de aventuras. Algunas de ellas maravillosas, otras trágicas. El maestro recorrió Colombia varias veces sin saber permanecer en ningún lugar, pues el espíritu del poeta es febril y anhelante. Estuvo en la Armada, recogió café en Quindío y en Risaralda, estuvo en los Llanos, trabajó en los antiguos Ferrocarriles Nacionales como ayudante de maquinista, pasó varias veces por Bogotá, se casó y tuvo hijos, aunque hace muchos años vive solo. En Barranquilla sufrió quizás su peor tragedia cuando una tarde encontró que sus veintidós agendas con el trabajo de toda una vida habían sido quemadas junto con sus escasas pertenencias. El maestro casi muere de pena y pensó en nunca volver a escribir. Sin embargo, del destino nadie escapa. Pasaron quince años sin un verso siquiera, hasta que un buen día le arrolló en alguna de sus correrías para ya no dejarlo más.


El poeta casi no lee poesía y su única inspiración es el mundo que lo circunda. De su bisabuela, una de las miles de historias de la Guerra de los Mil Días, aprendió a utilizar correcta y magistralmente el idioma. Al poeta no le sobra ni le falta una coma; su poesía es elevada y terrenal a la vez. Cualquiera la puede leer, aunque ahonda tanto en las profundidades del alma, de la vida, del mundo, que es imposible no sentir un escalofrío cada vez que el rapsoda declama con su voz pausada. El maestro duerme poco. El poeta escribe hasta la madrugada como un poseso y varias veces ha sentido que su pluma se mueve sola. Le escribe a la naturaleza, al amor, a la virtud, a la edad, al perdón, a la redención, e incluso a su propia poesía. Su alma itinerante finalmente halló reposo hace nueve años en el fin del mundo: San José del Guaviare, tierra de frontera, entre el llano y la selva, entre el colono y el nukak; tierra de contradicciones, entre la belleza inefable y el horror punzante. No podía ser de otra manera; es allí, en una tierra indomable, donde todo pasa, donde la razón es sólo uno de los instrumentos para afrontar la vida, fue allí donde tuve la fortuna de conocerlo. Este es mi limitado testimonio acerca de una vida. Un testimonio basado en una tarde de tinto, cigarrillo y poesía. Poco más. Este es mi homenaje para alguien quien, en el lugar menos pensado, en uno de los sitios más complejos del mundo, me mostró que la belleza está en todas partes y que hoy más que nunca necesitamos de los poetas. Poetas como él, quienes sin proponérselo guían espiritualmente a un pueblo, quienes nos recuerdan que todavía hoy hay asuntos inaprehensibles que sólo a unos pocos les es dado percibir y traducir; pues eso es precisamente lo que hace el poeta: traduce aquello que los demás no comprenden porque no lo pueden ver. Hasta hoy había pensado que poetas como Heriberto Ariza no existían, que eran parte de la leyenda como lo son para mi Basho, Li Bai, Rumi… y no me equivoqué. El Poeta de San José del Guaviare es ya parte de una leyenda; una leyenda como la de San José del Guaviare mismo.


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